Corrijo. Hacia tu propio epicentro. Donde sólo allí encontrarás la escalera que te saque de nuevo a la luz del día.
Y mientras caes, piensas. Maldices a esa persona descuidada que tiró la cáscara de plátano, e incluso retuerces tus pensamientos y los corrompes pensando que lo hizo con intención de que tú, precisamente tú, y ninguna de los otros millones de personas, te escurrieses con ella hacia ese agujero negro.
Pero cuando no te queda voz de gritar abominaciones y la ronquera te impone el silencio, comienzas a escuchar a tu mente, te dice que recuerdes, que reflexiones.
Y es entonces cuando te das cuenta.
Quien tiró esa maldita cáscara de plátano, esa persona contra la que has soltado un infinito número de blasfemias. Esa persona. Fuiste tú.
Y sólo en ese instante ves la escalera hacia la realidad.
