Creo que llegó un momento en el que la velocidad de mi conversación superó la barrera del sonido y mi mente no estaba creada para discurrir pensamientos con tanta presteza; los términos se confundían de lugar, y los sinónimos se volvían antónimos sin capacidades explicativas. Mi lengua se volvió vaga y llego a la conclusión de que es más cómodo desaprender todo el vocabulario y todas las pronunciaciones ya aprendidas que esforzarse en exceso, por lo que probablemente mi conversación se acabó reduciendo a un intenso y monstruoso balbuceo combinado con unos gestos en exceso pronunciados.
Y sin embargo, ahí seguían esas miradas, atentas a cualquier ínfimo fonema que yo vocalizase, como sí de un momento a otro fuese a profetizar lo que les depararía el destino o simplemente fuesen a tornarse mis ojos a blanco y con una voz de ultratumba empezase a cantar los números de la lotería que nos sacaría a todos de esa miseria emulada, de la cual nos quejamos indignados mientras consumimos plácidamente y sin ningún remordimiento jarras de cerveza de dos euros como si nos fuese la vida en ello.
Y así, a lo tonto y a lo bobo, llegué a las dos de la mañana a casa. Y no perturbé la vida de nadie mas allá de una mera conversación sin sentido con bebida espumosa invadiendo y atacando nuestras poco machacadas neuronas.Pienso.
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