sábado, 28 de febrero de 2009

Y resbalas.

Cuando realizas un camino inconstante y distraído, no pones cuidado donde pisas. De pronto, está ahí. Mientras tu miras las fachadas tan conocidas de tu vida y descuidas el resto del paisaje, pues mirar sin observar evita un gran esfuerzo mental, mientras tu realizas ese cómodo acto inconsciente, está ahí. Esa piel de plátano eterna que te persigue procurando que no te olvides de mirar por donde pisas. Vayas donde vayas, estará, esperando que, una vez más, ignores su presencia. Y cuando la pisas y resbalas, la caida se hace lenta, atraviesas el asfalto y las cloacas y te precipitas en un agujero negro hacia el centro de ninguna parte. 
Corrijo. Hacia tu propio epicentro. Donde sólo allí encontrarás la escalera que te saque de nuevo a la luz del día.
Y mientras caes, piensas. Maldices a esa persona descuidada que tiró la cáscara de plátano, e incluso retuerces tus pensamientos y los corrompes pensando que lo hizo con intención de que tú, precisamente tú, y ninguna de los otros millones de personas, te escurrieses con ella hacia ese agujero negro.
Pero cuando no te queda voz de gritar abominaciones y la ronquera te impone el silencio, comienzas a escuchar a tu mente, te dice que recuerdes, que reflexiones. 
Y es entonces cuando te das cuenta. 
Quien tiró esa maldita cáscara de plátano, esa persona contra la que has soltado un infinito número de blasfemias. Esa persona. Fuiste tú.

Y sólo en ese instante ves la escalera hacia la realidad.

1 comentario: