viernes, 3 de abril de 2009

no puedo casi escribir

Cuesta escribir con menos cualidades físicas que ayer, pero el dolor se vuelve placer y ganas bárbaras de conseguirlo por una mayor satisfacción personal. Pues no pienso dejarme condicionar por nada (ni nadie), haré lo que sienta cuando lo sienta. Y ahora quiero escribir.

Quiero, debo escribir. Quiero, debo sacarlo. Quiero, debo comprenderme. Por favor. He de comprender este fuego interno que se apaga y renace sin ningún aliciente ni soplete aparente. En cuanto me quemo por dentro y pienso que me he vuelto inmune de tantas llamas, esperando más y más, se amaina, un soplido de origen desconocido le dice "vuelve a empezar". Y, él, obediente y cabezota, lo hace. En esos momentos que mi interior debate y ordena consigo y para si mismo, decido que no hay nada que hacer más que escuchar, y oigo. Oigo el canto de los pájaros que madrugan, oigo música de la que provoca euforia y futuras agujetas, oigo el ruido de risas exageradas, tanto que te desgarran el tímpano, oigo los consejos ajenos y desesperados por guiarme, por ayudarme; oigo, oigo los latidos de mi corazón y los gritos de mis músculos implorando y llorando por un mínimo descanso. Todo se vuelve excesivamente perceptible. Y entonces decido dejarme llevar por lo que suceda a mi alrededor. Pues sé que puedo cambiar todo, sé que un ínfimo movimiento para uno u otro lado, escuchar un tono más alto a mi ángel o a mi demonio, puede cambiar todo. Pero no soy capaz. Esta vez no voy a hacerlo. Asi que en vez de llevar el control de la situación, dejo que la situación tome el control sobre mi. Dejo que mi mente descanse, o eso intento. Y mientras me concentro en mí y en nada más, oigo un tipo de mensaje que no llega a través de mi oidos. Abro los ojos y ahí esta. La señal que esperaba. Es pequeña, pero, de momento, no puede ser más clara.

Si hubiese tenido tiempo y ganas de sonreir al verla llegar, lo habría hecho. Pero no es del todo buena. Sea como sea. Ahí está. Ahora, voy.


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