lunes, 20 de abril de 2009

El sueño de la razón produce monstruos.

No sé controlar mis pasos. Les dejé a libre albedrío por un tiempo y se lo tomaron al pie de la letra. Ahora siento pero no expreso. ¿por qué? 
Lo cierto es que no sé ni responderme a esa pregunta. Pero ¿qué importa expresar lo que sentimos? A nadie le importa, a nadie, menos a uno mismo y a la persona que le concierne. Puedo gritar a los cuatro vientos todas las expresiones y sinónimos que me pasan por la cabeza para describirlo, para describirte. Pero, mira, sinceramente, estoy afónica, y , además, la gente tiene su propio mundo, su propia vida. Yo no nací para ser estrella de telefilm barato. Yo nací para ser lo que estoy siendo ahora mismo. Un cúmulo de sensaciones indescriptibles que hasta transmiten vértigo. 
He sido capaz de rozar la perfección momentánea, la saboreé y la escuché, la sentí y la toqué; se coló por todos los recovecos de mi cuerpo y se me quedó pegada a la piel como la ropa mojada aquel día de lluvia. Y si alguien me pregunta como fue, sólo sabré sonreir y perderme en mis recuerdos. Por que   aunque incluso si me inventase un nuevo idioma, tampoco serviría para describirlo. Ese momento es sólo mío. Sólo nuestro. Y así será siempre.

Soy consciente de la magnitud del problema, de nuestros planteamientos, de nuestra huída de la razón. Pero mi mente se cansó de retorcidos y complicados pensamientos que juegan al pin- pong con mis neuronas, de absurdos  y precavidos "quizás", y, desde luego , de la expresión "ten cuidado". Lo sé, lo sé. Sé que los monstruos de la razón acechan nuestros pasos, los cuidan, los vigilan. Pero no son más que eso, monstruos, y, a mi me decía mi mamá "Elsa, los monstruos no existen más que en uno mismo".  Hasta ahora no me había planteado la diversificación de dicha frase, pues yo pensaba que tan sólo eran un montón de palabras ideadas para apaciguar nuestro sueño tras las galletas y la leche de por las noches, que la intención de nuestros padres era que no pensasemos que nos abordaría un mutante verde y lleno de pústulas y babas mientras dormíamos con un ojo abierto vigilando el armario. 
Pero ha vuelto, la voz de mi madre, apaciguadora como las pocas veces que venía a acostarme, ha retumbado en mi, ha salido de lo más profundo de mis recuerdos para guiarme de nuevo. Para decirme que no tenga miedo de la vida, que no tenga miedo de los acontecimientos, que igual que entonces, los monstruos no existen más que en uno mismo.  Por ello no voy a temerlos, voy a seguir dejando que mis pies caminen por mi, pues ellos sabrán hacia donde me llevan. Yo, mientras, disfrutaré del paisaje.

viernes, 3 de abril de 2009

no puedo casi escribir

Cuesta escribir con menos cualidades físicas que ayer, pero el dolor se vuelve placer y ganas bárbaras de conseguirlo por una mayor satisfacción personal. Pues no pienso dejarme condicionar por nada (ni nadie), haré lo que sienta cuando lo sienta. Y ahora quiero escribir.

Quiero, debo escribir. Quiero, debo sacarlo. Quiero, debo comprenderme. Por favor. He de comprender este fuego interno que se apaga y renace sin ningún aliciente ni soplete aparente. En cuanto me quemo por dentro y pienso que me he vuelto inmune de tantas llamas, esperando más y más, se amaina, un soplido de origen desconocido le dice "vuelve a empezar". Y, él, obediente y cabezota, lo hace. En esos momentos que mi interior debate y ordena consigo y para si mismo, decido que no hay nada que hacer más que escuchar, y oigo. Oigo el canto de los pájaros que madrugan, oigo música de la que provoca euforia y futuras agujetas, oigo el ruido de risas exageradas, tanto que te desgarran el tímpano, oigo los consejos ajenos y desesperados por guiarme, por ayudarme; oigo, oigo los latidos de mi corazón y los gritos de mis músculos implorando y llorando por un mínimo descanso. Todo se vuelve excesivamente perceptible. Y entonces decido dejarme llevar por lo que suceda a mi alrededor. Pues sé que puedo cambiar todo, sé que un ínfimo movimiento para uno u otro lado, escuchar un tono más alto a mi ángel o a mi demonio, puede cambiar todo. Pero no soy capaz. Esta vez no voy a hacerlo. Asi que en vez de llevar el control de la situación, dejo que la situación tome el control sobre mi. Dejo que mi mente descanse, o eso intento. Y mientras me concentro en mí y en nada más, oigo un tipo de mensaje que no llega a través de mi oidos. Abro los ojos y ahí esta. La señal que esperaba. Es pequeña, pero, de momento, no puede ser más clara.

Si hubiese tenido tiempo y ganas de sonreir al verla llegar, lo habría hecho. Pero no es del todo buena. Sea como sea. Ahí está. Ahora, voy.